lunes, 15 de febrero de 2016

El éxito de las ideas socialistas^

^´Este es la traducción del punto 1 de la Introducción del libro "Socialismo" de Ludwing von Mises

El socialismo, es el lema y la moda de nuestros días. La idea socialista domina el espíritu moderno. Las masas lo aprueban. Expresa los pensamientos y sentimientos de todos; e imprime su estilo a nuestra época. Cuando la historia le ponga nombre a nuestra época, la describirá como "La Era del Socialismo".*

Sin duda no está aún acabada la edificación del Estado socialista en la forma en que respondería al ideal socialista, pero desde hace más de una generación la política de los pueblos civilizados sólo tiene como fin la realización progresiva del socialismo. Durante estos últimos años la política de socialización no ha dejado de aumentar el poder de su acción. Ciertos pueblos han emprendido la tarea de poner en práctica, de un solo golpe y hasta sus más extremas consecuencias, el programa socialista. El bolchevismo ruso ha realizado a nuestra vista una obra cuya significación puede discutirse, pero que, aunque no fuese por otra razón sino por su propósito grandioso, se contará entre los acontecimientos más notables que haya registrado la historia. En otras partes no se ha ido tan lejos. En los demás pueblos, la ejecución de los planes socialistas se ha visto entorpecida únicamente por las contradicciones internas del socialismo y por la imposibilidad de su realización. Pero en ellos también se ha tratado de hacerla progresar tanto como las circunstancias lo han permitido. En ninguna parte encuentra el socialismo oposición de principio. Ningún partido influyente se declara expresamente en nuestros días defensor de la propiedad privada de los medios de producción. En la época actual, la palabra «capitalismo» ha tomado un sentido claramente peyorativo, y aun los adversarios del socialismo no escapan al influjo de las ideas de éste. Tómense, por ejemplo, los partidos que se llaman «burgués» o «campesino». Creen combatir al socialismo en nombre de los intereses particulares de su clase y reconocen así, indirectamente, el acierto de las partes esenciales de la concepción socialista. Porque es reconocer esta última implícitamente el mero hecho de oponer a su programa el argumento de que lesiona los intereses de una fracción de la humanidad. Reprochar a la organización económica y social que se funda en la propiedad privada de los medios de producción que no tiene en cuenta suficientemente los intereses de la comunidad, que favorece sólo a ciertas capas sociales, que entorpece la productividad y, por esta razón, exigir junto con los partidarios de las diversas tendencias de «política social» y de «reformismo social» la intervención del Estado en todas las esferas de la economía, ¿qué es todo ello sino una adhesión en principio al programa socialista? Y si se objeta al socialismo que por el momento es todavía impracticable, en vista de la imperfección de la naturaleza humana, o que dada la situación económica existente es inoportuno ponerlo ya en práctica, esto equivale también a un reconocimiento de las ideas socialistas. El mismo nacionalismo no niega el socialismo, y solamente le reprocha su carácter de «internacional». El nacionalista quiere combinar el socialismo con las ideas de imperialismo y de lucha contra los pueblos extranjeros. No es socialista internacional, sino socialista nacional. En realidad, el nacionalista es también un adepto del socialismo.**

Los defensores del socialismo no son únicamente los bolcheviques y sus amigos fuera de Rusia, ni los partidarios de cualquiera de las numerosas variedades de esta doctrina. Todos los que consideran que el régimen socialista es superior, económica y moralmente, al sistema que se funda en la propiedad privada de los medios de producción deben ser clasificados entre el número de los socialistas, aunque por razones temporales o permanentes busquen una transacción entre sus ideas socialistas y ciertos intereses o aspiraciones particulares, de los cuales se creen representantes. Si el término socialista se toma en su sentido amplio, se reconocerá sin dificultad que hoy día la mayor parte de las personas se colocan en favor del socialismo. Pocos se declaran partidarios de los principios del liberalismo (en el sentido decimononico y europeo continental del término), que ve en el régimen basado en la propiedad privada de los medios de producción la única forma posible de la economía nacional.

Se ha creado la costumbre de llamar socialista únicamente a la política que trata de realizar inmediata y completamente el programa socialista, y se niega este nombre a los partidarios de las tendencias que desean lograr igual fin, pero con mesura y por etapas. Se va tan lejos en esta materia, que se considera enemigos del socialismo a quienes intentan ponerlo en práctica con ciertas restricciones. Nada mejor que estos hechos podría probar la extensión del éxito de las ideas socialistas. Esta acepción de la palabra ha podido aclimatarse porque ya no hay verdaderos adversarios del socialismo, por decirlo así. Incluso en Inglaterra, patria del liberalismo, que gracias a su política liberal ha crecido y se ha enriquecido, se ignora en nuestros días en qué consiste exactamente el liberalismo. Los «liberales» ingleses de hoy son socialistas más o menos moderados.*** Alemania jamás ha tenido una época realmente liberal y se ha debilitado y empobrecido a causa de su política antiliberal; actualmente se encontraría apenas una vaga noción en ese país de lo que es verdaderamente el liberalismo.

La pujanza del bolchevismo se apoya en el clamoroso éxito que han tenido las ideas socialistas durante las últimas tres décadas. No son los cañones ni las ametralladoras de los soviets lo que da fuerza al bolchevismo, sino el hecho de que sus ideas se acepten con simpatía en el mundo entero. Muchos socialistas consideran prematura la empresa bolchevique y piensan que sólo el porvenir podrá realizar el socialismo. Sin embargo, ninguno de ellos escapa a la influencia de las fórmulas por medio de las cuales la Tercera Internacional hace un llamamiento a todos los pueblos para luchar contra el capitalismo. En toda la faz de la tierra el bolchevismo hace latir los corazones. Entre los débiles y los tibios encuentra esa simpatía, mezcla de temor y admiración, que un apóstol valeroso despierta en el espíritu de los oportunistas. Los hombres audaces y los que tienen firmeza de ideas no se ruborizan de saludar en él la aurora de una nueva era.



* «Con razón puede afirmarse que la filosofía socialista actual no es otra cosa que el reconocimiento consciente y categórico de principios sociales, con la mayoría de los cuales se conformaban ya todos inconscientemente. La historia económica de este siglo es una enumeración casi ininterrumpida de los progresos del socialismo.» Sidney Webb, Fabian Essays[1889], p. 30.

**  Fr.W. Foerster hace notar que el movimiento obrero ha festejado su verdadero triunfo «en el corazón de las clases poseedoras», y es «lo que quita a esas clases la fuerza moral necesaria para resistir». Véase Foerster, Christentum und Klassenkampf (Zurich, 1908), pp. 111 ss. Ya en 1869, Prince-Smith constataba que las ideas socialistas habían hallado también partidarios entre los jefes de empresa. Escribe que entre los hombres de negocios, por extraño que esto parezca, los hay que tienen una opinión tan confusa de su propia acción dentro de la economía nacional, que aceptan como más o menos fundadas las concepciones socialistas. No se dan cuenta de lo que milita en contra de ellas. No tienen la conciencia tranquila, como si se viesen obligados a confesar que sus ganancias se realizan en detrimento de sus obreros. De ahí que sus vacilaciones y sus dificultades crezcan, y esto es lo peor. Nuestra civilización económica estaría singularmente amenazada si sus más autorizados representantes no sacaran ya del sentimiento de su perfecto derecho el valor necesario para defender las bases de ella con la más firme energía. Véase Prince-Smith, Obras completas, tomo I (Berlín, 1877), p. 362. Prince-Smith no era, en verdad, persona que pudiera discutir en forma crítica las teorías socialistas.

***  El programa oficial de los liberales ingleses lo demuestra claramente. Véase Britain’s Industrial Future, being the Report of the Liberal lndustrial Inquiry (Londres, 1928).